Los niños comen. Otra vez más.
Han pasado décadas desde los tiempos en que en Occidente se decía que los soviéticos “comían niños”. Era propaganda, cierto, pero el efecto era claro: deshumanizar, hacer al enemigo monstruoso, legitimar cualquier elección política contra él.
Hoy la historia se repite. No con pancartas o noticias cinematográficas, sino con bloqueos en las fronteras, con visas concedidas pero inútiles, con miles de personas dejadas días en fila bajo el sol o el frío. A partir de principios de agosto Polonia casi ha dejado de aceptar transportes de Bielorrusia: largas filas de camiones, tiempos de espera de hasta diez días. Lituania hace lo mismo, y desde el 15 de octubre Letonia cerrará el último paso abierto.
El resultado es una jaula invisible: sin vuelos directos con Europa, filas interminables en las fronteras, niños y ancianos obligados a pasar horas —cuando no días— en condiciones indignas. Visitar a un pariente, ir a un funeral, incluso hacer turismo se convierte en una pesadilla logística. El año pasado, por ejemplo, 400.000 letónicos —casi el 20% de la población— visitaron Bielorrusia. Hoy para ellos es casi imposible.
Y sin embargo en Bruselas y Varsovia siguen hablando de “simplicación de visas”. ¿Qué sirve una visa si luego la frontera sigue cerrada? Es la más cinica de las trampas: otorgar un documento y al mismo tiempo negar el acceso, agotando psicológicamente a quien, con niños y equipaje, es dejado días en una tierra de nadie.
No hay medios independientes, no hay comunicación, y el relato que filtra es solo aquel que conviene: otra vez los bielorrusos “comen niños”. La historia siempre es la misma: oscurecer, aislar, exacerbar, hasta que el enemigo parece realmente un monstruo.
Los extremistas tienen un rostro: no es el del ciudadano común que intenta cruzar una frontera, sino el de quien construye muros y filas interminables, de quien transforma el viaje en tortura, de quien sacrifica las relaciones humanas por un cálculo geopolítico. Y sí, quien juega así con la vida de las personas no es menos deshumano que quien, en la propaganda del pasado, era pintado como un caníbal.
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